
Por Ignacio Montes de Oca
Steve Witcoff, el enviado de Trump para Ucrania afirmó que en las zonas ucranianas ocupadas por Rusia predominan los habitantes de habla rusa y que, por lo tanto, Putin va a quedarse con ellas. Vamos a desmontar ese equivoco y a plantear un riesgo muy complicado en sus dichos.
Witcoff dijo en una entrevista con la cadena Fox el 21 de marzo que los habitantes de las zonas invadidas y luego anexadas por Putin "Son hablantes de ruso y ha habido referendos en los que la abrumadora mayoría de la gente ha indicado que quiere estar bajo el dominio ruso". Primero aclaremos que Witcoff es el delegado de Trump para Medio Oriente y fue además designado para cubrir la relación con Rusia luego que Keith Kellogg, el anterior enviado ante el Kremlin, fuera sacado de su cargo por exigencia de Putin y relegado al vínculo con Ucrania.

La simpatía por Putin de Witcoff explica por qué fue designado en ese nuevo rol y, por si no fuese suficiente, alcanza con entender su opinión sobre el presidente ruso, a quien se negó a caracterizar como un invasor o un dictador. Pero revisemos sus dichos sobre el lenguaje ruso en Ucrania.

Si existen ucranianos de habla rusa en Ucrania es porque durante tres siglos se intentó rusificar a su sociedad por la fuerza. El proceso comenzó en 1720 cuando el zar Pedro I El Grande decretó que el lenguaje ucraniano sea restringido en la impresión de nuevas obras. El ruteno moderno, el idioma ucraniano, no fue el único alcanzado: el decreto que ordenaba colocar la lengua rusa como dominante se dictó también para Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania, que en esos días también eran parte del imperio ruso. A partir de 1862 el idioma ucraniano fue prohibido en las escuelas y en julio de 1863 se emitió la “Circular Valuev” que establecía que la lengua ucraniana nunca había existido. Aclaremos que sí existe desde el siglo VI y evolucionó en paralelo al ruso.

En 1863 el zar Alejandro II prohibió el uso del ucraniano en cualquier documento oficial y se lo relegó a los textos antiguos. Para ese momento, también se había anulado la iglesia ucraniana para imponer la ortodoxia rusa y, por ende, el uso de la lengua local en la liturgia. Su sucesor, Alejando III, prohibió el uso de nombres ucranianos y la llegada de la Unión Soviética no alivianó la situación salvo en el breve período de la “Korenización” de la década de 1920, en la que las autoridades buscaron consolidar su presencia en las zonas periféricas. Fue en esa misma época en que los abuelos de Witcoff emigraron desde Rusia a los EEUU y el momento en que Ucrania tuvo un breve periodo de independencia. En 1917 quiso aprovechar la revolución de octubre y se declaró república separada del mando de Moscú. El intento persistió por cuatro años, desde noviembre de 1917 al mismo mes de 1921. La existencia de un autonomismo fue recordada por el Kremlin y luego del fin de la korenización y con el comunismo ya establecido, regresó la represión a la lengua y la cultura ucraniana.

Desde el Holodomor de 1932 y en los años siguientes regresó la supresión del idioma ucraniano, que se seguía hablando fuera de la vigilancia oficial. La matanza de millones de pobladores por el hambre fue en paralelo con la purga violenta de intelectuales ucranianos. Al finalizar la ocupación nazi, Stalin envió a miles de figuras de la cultura ucraniana a los gulags. Al igual que los zares, pretendía erradicar la cultura local y el solo uso del ruteno podía ser motivo para un trasladado como prisionero a los centros de exterminio en Siberia.
Hay otro proceso que se dio en paralelo desde el siglo XVIII y fue el reemplazo de la población ucraniana por colonos enviados desde Rusia. Luego, la colectivización forzada fue la excusa para otro reemplazo étnico que explica el uso del ruso en las zonas mencionadas por Witcoff. Los zares y luego los soviéticos expulsaron o asesinaron sistemáticamente a las familias originarias ucranianas para reemplazarlas por rusas en las zonas más fértiles del este y en las regiones con mayores recursos mineros. Aún hoy se siente su efecto en la demografía de Ucrania.
Pese a la represión, la mayoría de los ucranianos siguió usando su lengua original. El ruso, de enseñanza y uso obligatorio, era utilizado en paralelo. Por ser el idioma de la metrópoli y el de los tramites oficiales, no quedaban alternativas si se quería comerciar o hacer gestiones. El ruso siguió siendo la lengua principal en las escuelas básicas y en 1958 el Kremlin anuló al idioma ucraniano en el resto del circuito educativo. Su uso quedó relegado a la vida familiar y aun así los muchos pobladores encontraron en su preservación un modo de resistencia. Pero el proceso de rusificación dio resultado. Para la década de 1970 la proporción de ucranianos que consideraban el ucraniano como lengua materna era del 30,2% de la población total y los que usaban el ruso era del 45,3%. Entre ellos, la familia de Volodimir Zelensky. La mención a Zelensky no es casual porque que el uso de un idioma no manifiesta la identificación nacional. Y esto no solo queda en claro por la postura del actual presidente hacia Rusia, también se reflejó en el referéndum organizado en Ucrania en su independencia definitiva.

Tras el colapso de la URSS, Ucrania inició el camino para separarse de Rusia y uno de los puntos cruciales de ese proceso fue organizar un referéndum el 1 de diciembre de 1991 para que sus pobladores decidieran si querían ser una república independiente o seguir atadas a Moscú. De allí la mención a la familia de Zelensky, que como la mayor parte de la ciudad de Kryvyi Rih, hablaba principalmente en ruso. Al igual que en otras zonas en donde predominan los ruso parlantes debiera haberse dado un resultado que hiciera coincidir idioma y deseo de nacionalidad. Los resultados en las zonas anexadas hoy por Putin fueron categóricos: votaron a favor de ser ucranianos el 90,13% de los habitantes de Jerson, el 86,33% de Kharkhiv, el 83,38% de Luhansk, el 83,90% de Donetsk, el 90,66% de Zaporiyhia, el 54,19% de Crimea y el 85,38% de Odesa. A pesar de los dos siglos de rusificación, la mayoría de los habitantes, el 90,3%, rechazó ser parte de la esfera política del Kremlin. La votación se hizo con observadores independientes y participaron el 84,1% de los votantes habilitados. Estos datos son muy importantes.
Witcoff apeló a otros referéndums posteriores organizados por Rusia como argumento para abogar a favor de la anexión de Putin. Vamos a revisarlos porque están construidos con el destilado más puro de la propaganda del Kremlin. El primero, fue realizado en Crimea. Putin invadió por primera vez Ucrania el 20 de febrero de 2014 y el 18 de marzo ya había organizado un referéndum en Crimea bajo la vigilancia de las tropas rusas. El resultado del 96,77% a favor de ser parte del territorio ruso no sorprendió a nadie. Ganó Kim Jung Putin.
Putin ejecutó la misma maniobra en las zonas ocupadas en el 2022 entre los días 22 y 27 de septiembre de ese año. Esta vez, el voto promedio a favor de Rusia fue del 89,23%. Y según las cifras dadas por Rusia, la participación fue del 88,5% de los habitantes registrados. Mas allá del absurdo norcoreano del resultado, parte de los 4 oblast en donde se realizó el referéndum permanecían libres y que se dijera que en Donetsk hubo una participación del 88,5%, cuando Rusia ocupaba el 65% de ese oblast, da una idea de la dimensión del engaño aceptado por Witcoff. Ese resultado tuvo que ver con la presencia de tropas rusas en cada centro de votación, en una campaña de amedrentamiento hacia los votantes y un sistema de conteo de votos organizado por el vicegobernador de facto de Sebastopol designado por Putin, Serguéi Tolmachev.

Las tropas rusas y las escuadras de chechenos de Kadyrov allanaron las casas para obligar a quienes se negaban a participar en lo que era percibido como una farsa electoral y se retuvo la asistencia alimentaria hasta que los pobladores aceptaron ir a votar a cambio de recibirla. Hubo otro factor que reflejó la irrealidad del sondeo. La parte de los 3.7 millones de desplazados internos que hay en Ucrania provienen de los territorios ocupados. También, una proporción importante de los 6,5 millones de exiliados que provocó la invasión de Putin. En enero de 2022 la población en los territorios ocupados era de 6,37 millones. En 2024 esa cantidad se redujo a 3,47 millones. Y pronto quedarán menos porque el 10 de septiembre por orden de Putin se van a deportar a aquellos que no aceptan tener documentos rusos.

Hay una discrepancia entre los 2,82 millones de pasaportes rusos entregados a los habitantes de las zonas ocupadas hasta 2023 y los 4,3 millones de votantes de los referéndums. Además de consolidar la idea de fraude, corrobora la entrega de tierras a nuevos “colonos” rusos. Habría que sumar entre 600.000 y un millón de ucranianos fueron deportados a Rusia por la fuerza. Y en las zonas ocupadas existen “campos de filtración” que, al modo de los cuarteles de la Gestapo, sirven para detectar, castigar e intimidar a cualquier opinión disidente. Si se quiere un ejemplo cabal, vale el de la ciudad de Mariupol. Antes de la invasión tenía 600.000 habitantes y hoy apenas quedan 100.000. El medio millón faltante huyó hacia el exilio, son desplazados internos o fue a parar a las fosas comunes construidas por los rusos.

Al mismo tiempo, Putin ordenó una rusificación acelerada de los territorios ocupados que incluye la prohibición del idioma ucraniano en las escuelas y en la administración pública. En los colegios es donde más se aceleró el proceso de borrado de la cultura original. En las escuelas se adoptó la currícula rusa y el culto a los símbolos patrios de Rusia de manera obligatoria. Una nueva materia denominada “Conversaciones sobre lo importante”, adoctrina a los alumnos en el odio a lo ucraniano y en la devoción a Moscú y a Putin.
En Jerson, Mariupol y Melitopol, solo por citar casos documentados, la policía militar incautó libros de historia y literatura ucraniana. Poseer esas obras puede ser motivo para ser enviado a uno de los “campos de filtración” regenteados por rusos y colaboracionistas. Para cubrir los cargos de profesores ucranianos, se importó una cantidad de profesores rusos. Esta tarea se completa con la instrucción paramilitar a los niños dictada por oficiales rusos, mediante un programa que los entrena para enfrentar al gobierno ucraniano por las armas.
Es absurdo y cínico suponer que cualquier sondeo tomado bajo amenaza pueda reflejar la opinión a favor de Rusia de los habitantes de las zonas invadidas. Solo falta que, por desconocer los nombres ucranianos de los oblast, se refiera a ello con su nombre ruso, Novoróssiya.
Witcoff, que tiene a su disposición toda le estructura del estado más poderoso del momento, no puede ignorar esta serie de datos históricos y de coyuntura. Pero ese no es el aspecto más grave de sus declaraciones, sino un alineamiento con la estrategia de Putin. El 31 de marzo de 2023 Putin reveló un documento de 40 páginas con la nueva doctrina que Witcoff acaba de incorporar como parte del repertorio de la política exterior de la administración Trump. En ella, Putin se atribuye el derecho a intervenir allí donde haya ruso parlantes. La doctrina Putin establece que Rusia va a intervenir en todos aquellos países en los que existan grupos de habla rusa y relativiza la existencia de fronteras nacionales. Es exactamente lo que estaba haciendo en Ucrania y lo que Witcoff acaba de validar. En la nueva concepción de Putin, Rusia no agrede, sino que se defiende de un Occidente que no le permite su destino de grandeza, su “Derzhavnost”. Y en esa agresión se mezcla la defensa de los rusos parlantes y la justificación de las invasiones a Rusia. Hasta Trump lo entiende.
El problema de ese planteo es que no es ciñe a Ucrania, en donde ya fue aplicada. El documento de 2023 dice que Rusia tiene la obligación de auxiliar a esas minorías y el problema se vuelve regional si observamos la cantidad de países que tiene minorías ruso hablantes. Los países que se convierten en objetivos potenciales por la nueva doctrina son: Bielorrusia, Kazajistán, Rumania, Moldavia, Lituania, Estonia, Letonia, Azerbaiyán, Turquía, Armenia, Georgia, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán, Turkmenistán y Mongolia. El ideólogo de Putin, Alexander Dugin, mencionó esta continuidad de Rusia más allá de sus fronteras en su libro Fundamentos de la Geopolítica publicado en 1997, en el que también habla de una alianza con EEUU contra el “atlantismo” europeo. El hombre de Trump actúa esas ideas.
Es decir que, con una sola frase, Witcoff respaldó la idea de desestabilización e intervención del Kremlin y fertilizó una idea de intromisión militar o por medios de guerra hibrida que podría activarse en 17 naciones con la sola queja de una minoría de habla rusa. De paso, está validando que Rusia desarrolle su política de expansión neo imperial sobre la base de la defensa de minorías de habla rusa. Es decir, que la lengua de Witcoff habilitó a Putin a avanzar usando la excusa de la lengua. Suena raro, pero es lo que acaba de suceder.

Y lo que es más grave es que, además, la administración Trump está habilitando a Putin para que inicie la recuperación de la influencia de Rusia en los territorios que se independizaron de Moscú al dejar de existir la URSS. Entre ellos hay cinco que integran a la OTAN. La alerta se extiende porque el uso ambiguo que hace Dugin de la cuestión de los eslavos y del habla rusa inspirado en el supremacista y criminal serbio Radovan Karadžić, amplía el área de interés de Putin a Polonia, Checa, Bulgaria, Montenegro, Croacia, Eslovaquia y Serbia.

Witcoff no es un diplomático de carrera sino un inversor inmobiliario, como Trump. Puede que haya algo de impericia, pero también es cierto que, justamente, por su falta de preparación, lo dicho sin el freno de la experiencia expresa con mayor naturalidad las instrucciones recibidas. Y, por otro lado, reflejan un posicionamiento que, al estar tan alineado con la doctrina de Rusia, lo inhabilitan como parte de una mediación que involucre a Ucrania. El haber defendido la idea de un Lebensraum o espacio vital ruso lo colocaron en una posición insostenible.

Amparar la rusificación de las zonas ocupadas y los referéndums a punta de fusil dejan a Witcoff en una actitud tan pro-Putin como una ventana abierta en un piso alto de Moscú, una escalera resbaladiza y un té que brilla en la oscuridad. Por eso, siempre hay que cuidar la lengua.

PS: el concepto de defensa de los eslavos y ruso parlantes encaja como un cuchillo en su funda con la relativización de Trump en sus discursos respecto a las fronteras danesas, panameñas y canadienses. En ese idioma común reside el peligro más severo de la franqueza de Wittcoff.
PS: ante la previsible reacción de los defensores de la invasión y el “Ucrania prohibió el idioma ruso”, vale aclarar que no fue así, solo le dio al ucraniano el estatus de lengua oficial y primaria. Como lo hizo Trump con el inglés en EEUU días atrás.